viernes, 31 de enero de 2014

El nuevo Bernabéu

Hiper-estadios: Entre el condensador social y el parque temático



El fútbol español sigue siendo una de las grandes burbujas por estallar, aunque se trata de un negocio descomunal en lo económico, lo social y lo cultural con un respaldo popular tan apasionado, honesto y profundo que si se produjese alguna quiebra importante se desencadenaría una revuelta popular que dejaría en escaramuza la toma de la Bastilla. Pese a la ferviente religiosidad con la que los fans disfrutamos y sufrimos este deporte, las élites que lo manejan siguen comportándose con las mismas maneras que el empresariado castizo-castuzo previo a la caída de Lehman: los presidentes y sus múltiples asesores suelen ser oscuros hombres de negocios, extremadamente horteras en lo personal, aficionados a las corruptelas políticas y financieras, clasistas, opacos, chanchulleros y de escasas luces. Saben que tienen entre manos la gallina de los huevos de oro y han sido capaces de convertir las ligas y la Champions en gigantescos espectáculos internacionales gracias a las más modernas estrategias de marketing global. Todo lo que huela a fútbol pone a las máquinas registradoras a bombear billetes y echar humo.

De hecho, es probable que el ínclito Florentino (patricio mayor de los camándulas que mueven los hilos en el mundillo) sea el auténtico inventor del fútbol moderno como super-espectáculo para las masas planetarias: él ideó el modelo de negocio explotado ahora por el resto de grandes equipos, basado no tanto en la venta de entradas como en la comercialización de camisetas, merchandising y la “marca Real Madrid” como brand a la altura de Disney o Nike: el logo es plusvalor. Fue capaz de conquistar los golosos mercados árabe y chino, en su estela numerosos millonarios rusos y saudíes empezaron a meter petrodólares en equipos por entonces decadentes, e hizo del mercado televisivo internacional la merienda de negros que conocemos actualmente. No me extraería incluso que fuese él quién está detrás de Roja Directa (¡bendita seas, Roja Directa!).
Sin embargo, como en tantas otras disciplinas, los alemanes se nos están subiendo a las barbas: su liga se está poniendo realmente interesante, el modelo teutón de gestión es inmune a las aluminosis financieras de las ligas PIIG, sus equipos se meriendan en Champions a los grandes de Europa… y tienen el estadio más espectacular del mundo, que es además uno de los edificios más icónicos de este siglo. Desde finales de los 90, ante el auge de la globalización, muchas ciudades empezaron un proceso de renovación de sus estadios para ponerlos al día de acuerdo a las nuevas condiciones de marketing deportivo y urbano en el competido ruedo global de tele-shows. Si la Arena típica del siglo XX solía ser un edificio de hormigón y acero de estética ingenieril y muy pocas dotaciones complementarias, la era de las retransmisiones televisivas planetarias exige reconvertirlos en fastuosos gizmos que luzcan impresionantes en las pantallas de plasma, y con una presencia suficientemente icónica como para ser identificables en milisegundos. 


Y en ese proceso de aggiornamento de las infrastructuras deportivas, creo que nadie se ha acercado ni por asomo al trabajo de Herzog & De Meuron, a los que se puede impugnar por sensacionalistas, superficiales, divos y formalistas, pero que en los dos grandes estadios que han proyectado la década pasada han dado en el clavo con sobresaliente: el famoso “Nido” de Pekín y sus edificios adyacentes tienen una pegada estética inigualable, pero es realmente en el Allianz de Munich donde han revolucionado completamente la vieja tipología europea del estadio urbano. Si buscáis por ahí las charlas en las que explican el proyecto, os daréis cuenta hasta qué punto fueron hábiles comprendiendo el programa de funciones que tenían encima de la mesa. Su impresionante estadio no sólo es un icono global de primera categoría, sino que ha sido muy pensado desde la fisicidad de la experiencia del público, trabajando la sección para generar la sensación de “bombonera” litúrgica que dota a los grandes partidos de su aura de religiosidad y conmemoración ritual. Un dato importantísimo es que estas Arenas de última generación distan mucho de consistir en meros campos de césped rodeados de gradas: para aprovechar todo su potencial crematístico se incluyen museos, centros comerciales, lounges y salas VIP, spas, gimnasios, restaurantes, hoteles, y hasta cines, para convertirlos en enésimos condensadores sociales” del capitalismo que amplía la experiencia del fan con una variada oferta de placeres consumibles. Condensadores sociales que funcionan como parques temáticos de la leyenda de cada equipo. Sobre estas cosas he hablado con mucho detalle en el texto "Mutations on Monumentality" que encontraréis enlazado en la columna de la derecha. Como curiosidad dejo este interesantísimo documental sobre la construcción del Allianz, muy teatrero pero con información muy curiosa:


Bueno, el caso es que ya se ha resuelto el concurso para el nuevo Bernabeu, que como no podía ser de otra manera sigue el paradigma implantado por el Allianz: presencia muy icónica, amplísima oferta de ocio de todo tipo e infinidad de reminiscencias operativas con los Circos romanos. A la final habían llegado cuatro candidaturas (el enlace más detallado que he encontrado para conocerlas es este) pero no tenemos demasiada información gráfica que nos permita valorarlas. Por curriculum yo hubiese optado de calle por la propuesta de Herzog & De Meuron y Moneo (que además era la que ofrecía un mayo aforo para asistentes físicos: supongo que éstos empiezan a ser un mercado periférico frente al televisivo) pero, a tenor de la querencia por los chanchullos tan acostumbrada entre los mandamases del fútbol, es probable que el vencedor no haya sido elegido únicamente por criterios de “calidad” sino por la infinidad de intereses que se cruzan cada vez que empresarios, grandes constructoras y banqueros toman este tipo de decisiones. En principio y en un primer vistazo, el ganador no está mal del todo pero tal vez es un poco aburrido formalmente (excepto por el simpatiquísimo detalle de incluir el escudo y nombre del equipo en la cubierta, para ser reconocible por las cámaras aéreas) aunque habrá que esperar a ver cómo luce la piel una vez esté en funcionamiento: esperemos que está a la altura de un equipo que se exige a sí mismo ser siempre el mejor del mundo. Para ello requiere imperiosamente que su fortaleza sea el hiper-estadio definitivo.

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