miércoles, 20 de noviembre de 2013

La gentrificación del rural

El paisaje gallego (feo, pobre, mutante y bastardo) frente al imperio del turismo

Quizás el arquetipo que mejor defina la urbanidad del ciudadano contemporáneo sea la vieja figura decimonónica del flaneur: el paseante ocioso que disecciona el mundo sin más escalpelo que su mirada, ensimismado en el éxtasis íntimo de la contemplación de la metrópolis, rastreando comparecencias efímeras de lo sublime en la ruidosa efervescencia de la ciudad. El voyeur, el mirón, participa de la colectividad en calidad de espectador pasivo, expuesto a la barra libre de experiencias sensoriales que hacen de la ciudad el más exquisito de los espectáculos: la riqueza y diversidad que exhiben los paseantes en sus ademanes y atuendos, la orgía de consumibles que pueblan los escaparates, la cacofonía de representaciones seductoras llenando de sensualidad cada esquina. Y por supuesto, la visión de los cuerpos, de los cuerpos de los demás. Marshall Mcluhan equiparaba a la publicidad con un cebo cuyo objetivo fuese atrapar nuestra atención. El flaneur contemporáneo, el atónito habitante de las calles, cafés y centros comerciales, ha caído entonces presa de esa fabulosa trampa de los sentidos que es la ciudad, que en la era del postfordismo se ha transformado en una gigantesca máquina propagandística que busca publicitarse a sí misma como imagen de marca. El urbanismo contemporáneo tiende a operar, cada vez en mayor o menor medida, como marketing urbano: la ciudad verdaderamente eficaz es aquella capaz de atrapar la atención del voyeur gracias a la proliferación de fuegos de artificio para los sentidos.

La pulsión escópica (la histerización de la visión, la pasión compulsiva por mirar) es uno de los hechos distintivos de nuestra epocalidad, culmen paroxístico de la sociedad del espectáculo. El voyeur ha  interiorizado el espectáculo sensorial de la ciudad como una narcolepsia individual y paralizante que cauteriza su potencia de interacción con el mundo. Como ya advirtieron los Situacionistas, lo espectacular no es sólo un entretenimiento estéril para el tiempo muerto del trabajador, sino la estructura misma de nuestra articulación social, funcionando como instrucción de valores morales y estableciendo un tipo muy concreto de relación entre el habitante y su medioambiente: el éxtasis de los mercados resulta del juego de la seducción, y la seducción empieza como exhibición de aquello capaz de persuadir la mirada. El arte del último medio siglo ha intentado desesperadamente dislocar la pasividad del ciudadano-espectador, fomentando las obras interactivas, participativas, cuyo objetivo sea el de sonsacar al voyeur de su ensimismamiento y ponerlo en marcha, como agente vivo que recrea su realidad y no solo se recrea en ella. Pero dicha estrategia seguramente haya sido derrotada por el imperio de las redes telemáticas y su primado de la comunicación mediada por figuraciones y avatares, un pacto social tácito por el que el mirón deviene también exhibicionista: el resultado es el planeta envuelto en una nube de imágenes livianas que circulan sin origen ni destino, flotando en una extraña ingravidez en la que el peso de los fenómenos se mide por su potencia icónica, y quizás realizando la vieja pretensión nihilista de evaporar la moral hasta desvanecerla como efecto estético.
El mundo que habita el ciudadano telemático se ha convertido en un Paisaje, como en aquel cuento de Borges en el que el mapa llegaba a suplantar al territorio: cada minúsculo recoveco de la tierra es convenientemente cartografiado, fotografiado, indexado y puesto en circulación, cualquier estampa es susceptible de convertirse en hashtag, lo sagrado y lo profano se disuelven en el impacto efímero de lo exótico, valor único y último de este paisaje cifrado y magnético que encapsula al voyeur en una selva de representaciones a explorar en un safari simulado. Frente a la pantalla, todos somos turistas, en una penúltima mutación del capitalismo ya no centrada en la mercantilización de objetos consumibles, sino ante todo de experiencias estéticas, de la sensualidad de las apariencias. Los dispositivos fotográficos que vigilan el mundo se convierten  en instrumentos disuasorios, al servicio del ojo omnisciente del voyeur global, cuya mirada se instituye en imperio a través de la tele-presencia.


Los efectos de esta nueva episteme resuenan en la realidad de cada pequeña cosa, si es que sigue existiendo algo así como lo real local. Custodiada por el panóptico planetario de cazadores furtivos de imágenes, las ciudades se visten sus mejores galas para competir en el mercado global de iconos espaciales: París, Londres, Florencia o Dubai son lo que son gracias a su investidura de una imagen de marca propia y exclusiva, trampantojo de una identidad diseñada para persuadir al turista global de que en ellas tienen lugar los espectáculos más sublimes: las antiguas categorías del valor de uso y valor de cambio colapsan en la circulación universal de símbolos, que no admiten otra valencia que su capacidad de seducción escópica, de la fascinación de los sentidos. El cosmopolitismo en la era de la globalización uniformiza las diversas expresiones de lo local en función de su capacidad de deleite para el espectador universal, que ha conquistado el planeta con el arma invisible y desconcertante de su mirada. Nos debemos a los Visitantes y sus inflexibles expectativas estéticas. La unidad mínima del territorio ya no funciona como un “Lugar”, sino como un iconema en la sintaxis retórica y trasnacional de la imagen: todos somos rastreadores y cazadores de panorámicas globales a golpe de Google Images y las incontables variantes del panóptico telemático del tipo street view.
Pero un paisaje no es efecto únicamente de su apariencia, sino también de las narrativas que vehicula. Cada monumento lleva pareja su propia leyenda de reyes y santos, cada accidente geográfico una teleología fabulada que explique su gracia formal, cada singularidad una historia única que de cuenta de su pintoresquismo. De ahí que la conversión de lo real en paisaje acarree consecuencias tan graves: un lugar con vocación turística no debe solamente engalanarse para lucir óptimo en las fotografías, sino plegarse convenientemente a los relatos que el espectador-visitante prevea para cada identidad local. La apreciación de un paisaje como tal pasa necesariamente por la provisión de un Sentido, envoltorio necesario para las territorialidades susceptibles de ser engullidas por la voraz máquina de consumo simbólico promovida por la cultura del voyeur-turista. La Imagen que han de irradiar los lugares no es únicamente visual, sino una compleja personalidad imaginaria construida a base de leyenda, identidad y memoria, convenientemente perfumada para su puesta en circulación y consumo universal. El turismo es un instrumento de conquista imperial, que silenciosamente impone condiciones estrictas a las dinámicas de lo real de acuerdo a las expectativas del voyeurismo de la multitud telemática: la suya es una conquista silenciosa y aparentemente pacífica, pero inflexible.


El paisaje, por tanto, es mucho más que una panorámica dotada de la cualidad de la “belleza”: es una forma de ordenar las cosas y su valor, una distribución de dignidades y legitimidades, un mecanismo de invención y reparto de Esencias más o menos reales, más o menos impostadas. El paisajismo de mercadotecnia es entonces la escenografía de un teatro de representaciones en el que el rol de los protagonistas viene previsto de antemano, que no admite disidencias ni improvisaciones: su imperio legisla las concordancias entre los elementos que lo componen, en base a una Idea normativa que marca la pauta de las armonías posibles e imposibles mediante argumentos estéticos. El paisaje no es superestructura, sino infrastructura: su funcionamiento es fabril, hay toda una lógica de producción económica implícita en la estetización paisajística del territorio, que exige la concomitancia no sólo de modos y modas, sino también de las formas de vida.
La desindustrialización del sur europeo y el desmantelamiento de sus otrora potentes sectores pesquero y agroalimentario, ha obligado a las economías locales a reinventarse de acuerdo a la nueva distribución de recursos y potencias resultado de la globalización. Perdida la capacidad productiva, nuestras instituciones se afanan por instaurar el turismo como nuevo motor del desarrollo socioeconómico, en un desesperado intento por reverdecer los laureles mercantiles y rellenar el hueco dejado por la agonía del ladrillo. El precio a pagar es el ya consabido: acelerar la conversión de nuestro territorio en paisaje fotogénico, y armonizar las formas de vida con las expectativas del voyeur-turista global. En Galicia el proceso ya ha comenzado: la leyenda de un país céltico de agua y piedra, postales bucólicas y pastorales de la arcadia campesina, el imaginario romántico y dócil de tranquilas aldeitas inmunes al paso del tiempo, que salvaguardan las esencias de un país fabulado como extemporáneo y purasangre. La Galicia en monocromía verdeazulada, de casas rurales que monumentalizan lo que otrora fue doméstico, y donde el rumor de los carballos sólo es roto por el estruendo de las gaitas, son una fabulación narrativa al servicio de la paisajización del territorio orquestada en función de las demandas de la Consellería de turismo, ahora que la de industria apenas tiene en cuenta las inusitadas potencias de lo rural.
Pero lo cierto es que nuestro país dista mucho de ahormarse al jardín pastoral de olor afrutado que algunos intentan imponer para su mercantilización como postal: el nuestro es un territorio complejo, plural, rico en paradojas y contrasentidos, ensuciado por las aporías de la historia, disforme como el crisol de energías que lo pueblan, incoherente e inconsistente, contradictorio, dinámico y bastardo. Hay una frondosa riqueza de pluralidad cultural que desborda toda categoría costumbrista, sociologista, nacionalista o arcaizante, costumbres y procesos animados por energías libres que no caben en los estrechos marcos estéticos de lo que uno esperaría fuese la Galicia de agencia de viajes: expresiones espontáneas y singulares de la creatividad popular, del instinto de un pueblo secularmente muy pobre que ha aprendido a incorporar a sus formas de vida, con desprejuicio y naturalidad, los recursos y potencias ofrecidas por “lo nuevo”. Los atropellos y aciertos estéticos de nuestro territorio han sido modulados mediante la intuición e ingenio de habitantes cuya memoria colectiva está endurecida por infinitas crisis históricas, una forma de hacer más escorada al sentido práctico que al estético, más a la eficacia inmediata que a la militancia estética o identitaria. 


Hace unos años alcanzó fortuna en prensa el neologismo “feísmo” como concepto que resumía el desaliño de nuestro rural: mientras los legisladores y autoridades competentes hacían malabarismos para sacar brillo al bucolismo del paisaje gallego de postal, los lugareños insistían en afearlo y deslavazarlo con intervenciones groseras y toscas, impropias de la pompa milenaria de todo un Camino de Santiago tan viejo como Europa. Haciendo oídos sordos a las llamadas a filas del boato estético y sus exigentes composturas, los díscolos campesinos mancillaban la postal con ocurrencias como somieres reconvertidos en cierres de parcelas, galpones de hojalata y Uralita en parcelas de suelo rústico, retretes reutilizados como inopinados taburetes para el café de sobremesa, o todo tipo de aberraciones formales para construir espantapájaros con basura y plásticos. El resultado de tamaño despropósito sería un paisaje agrario que aspiraba a ser como la Suiza de Heidi, pero que terminó por parecer más bien la guarida de un chatarrero con síndrome de Diógenes.
Pero la cuestión del “feísmo” no es más que la punta de un iceberg que hace suelo en aguas mucho más profundas, y es que Galicia tiene muy enraizado en su memoria colectiva el recuerdo de los siglos de hambre. La entrada en la Modernidad de los pueblos históricamente más pobres resulta más problemática cuanto más rápidamente tenga lugar: cuando una generación duerme encima de la cuadra y la siguiente aspira a viajar en bussiness class, la cultura colectiva es incapaz de hilvanar armónicamente ambos mundos, propiciando aberraciones que no por “feas” han de ser necesariamente indignas. El campesino que ha cultivado sabañones en los gélidos interiores invernales de una casa tradicional, no entiende que su precaria morada pueda tener valor patrimonial alguno, y en cuanto tenga oportunidad remendará las costuras domésticas a base de cemento, ladrillo, deshechos o lo primero que pueda servirle para tal fin. Casi siempre que se ha hablado de “feísmo”, se estaba haciendo referencia a soluciones insólitas que desconciertan por su insolencia estética, al haber sido realizadas desde un radical pragmatismo casi biológico, y desafecto respecto a todo criterio canónico  de belleza. Pero casualidad o no, la práctica totalidad de los ejemplos que aparecían en prensa se ubicaban en el ámbito rural: muy posiblemente, de haberse dado en espacios urbanos algunos ejemplos hubiesen sido vitoreados como divertidas muestras de la creatividad imparable de los ciudadanos. Lo urbano y lo real son abordados con diferentes barras de medida en función de las características que nuestro imaginario colectivo presupone para uno y otro tipo de hábitat: la ciudad ha de ser vivaz, inestable, ruidosa y un poco esquizofrénica, mientras el campo se debe a la tranquilidad, el estatismo, la meditación y la melancolía. Un reparto de roles que pretende mercantilizar una identidad rural anacrónica, esteticista y reaccionaria, y que desatiende (por incomprensión) muchas de las fuerzas complejas que hacen que también el hábitat agrario sea un ecosistema cultural en continua e imprevisible metamorfosis.


La urbanística contemporánea concibe la ciudad como un ente esencialmente dinámico y procesual, sujeto de infinitas e impredecibles mutaciones, que dan lugar a un paisaje de cambio perpetuo y reinvención continua: cada vez en mayor medida, las ciencias y las artes de lo urbano ponen en valor las erratas y fricciones propiciadas por el magmático devenir de la ciudad, cuyas aberraciones despiertan curiosidad y simpatía al ser muestras de vitalismo, condición sine qua non de la urbanidad contemporánea. Lo urbano sería movimiento, nomadismo, trasversalidad, alteridad y desequilibrio, un imparable proceso de auto-transformación cuya belleza consiste precisamente en su negación de la quietud. La ciudad de nuestro imaginario seduce por inquieta e impura, mientras la mirada del urbanita voyeur impone al rural la impostura de un pedigrí purasangre. El estatismo formal deducible del bucolismo de postal romántica exige desactivar cualquier tensión o desequilibrio estético: de esta manera, la concepción paisajística de la territorialidad actúa como cortapisa al libre desarrollo cultural, social y económico de pueblos que son como son por razones más complejas de lo que las instituciones están dispuestas a reconocer. Las aldeas contemporáneas también son fértiles en dinamismos sociales, estéticos, simbólicos y económicos que responden a lógicas tan complejas e inextricables como las de cualquier otro ecosistema, y cuyos aciertos y errores no pueden ser evaluados inmediatamente recurriendo a una concepción insuficiente o capciosa de cómo ha de ser el modelo estético a perseguir
Contra toda expectativa, proliferan en el rural antiguas tascas reconvertidas en after-hours para los jóvenes que se resisten a retirarse al amanecer; carreteras comarcales en cuyos linderos aparecen espontáneamente establecimientos comerciales orientados al tráfico, y funcionando como un inopinado strip; ruinas de antiguas instalaciones agropecuarias reutilizadas para todo tipo de usos fuera de normativa, desde botellones a huertas o almacenes de chatarra; residuos de goma y plástico reciclados como insólito mobiliario de jardín; patios de manzana en los que se instalan gallineros, cochiqueras o guaridas para perros de caza; mercadillos callejeros extrañamente cosmopolitas donde el campesino nativo socializa con gitanos, subsaharianos o magrebís; áreas de servicio que funcionan como refugio de amores furtivos; gigantescos chalets con barroquismos de estética narco junto a precarias chabolas con el cerramiento  a medio rematar; y todo un repertorio de medianeras, parcelas sin edificar o torres fuera de normativa en los centros de villas y aldeas, como huella de la sucesión caótica de planes urbanísticos efímeros que proliferaron ante la secular desgobernanza local. Y por supuesto, el abigarrado repertorio formal de las viviendas de indianos y retornados, instancias claves de un país cuya cultura siempre ha adoptado muy a su manera las enseñanzas de la emigración. Ejemplos todos ellos de una sensibilidad bastarda y plural en la que la convivencia entre tradición y modernidad ha tomado lugar sin tener en cuenta ni la “identidad” pastoral que la ciudad sigue otorgando al rural, ni la necesidad de satisfacer el apetito estético del voyeur global, al que ahora se pretende atraer por la vía del turismo. Sin atender a argumentos ideológicos, can de palleiro ladra en castrapo.


La paisajización del territorio que queda fuera de la ciudad tiene entonces como su mayor enemigo al feísmo, un concepto inventado desde y para el criterio del urbanita, que en su imaginario sigue exigiendo al rural la sencillez y mansedumbre de un paisaje purasangre, y conjurando cualquier bastaría que pueda ensuciar la estampa prevista para nuestra campiña. La apuesta por el turismo de casa rural, el senderismo o las rutas de parques naturales funciona por tanto no sólo como un mecanismo de puesta en valor de territorios hasta ahora no explotados comercialmente, sino también la imposición de un corsé a las formas de producción y relación social que se han desarrollado allí durante décadas, sin que las autoridades se hubiesen interesado por ordenar o modular los procesos. Desde esta perspectiva, las paradojas y fricciones de nuestro paisaje rural son equiparables a los de otras localizaciones en las que la modernidad también se desplegó sin un proyecto institucional consistente, y redundando en modos de ocupación del territorio y apropiación de la tecnología que en urbanismo se suelen denominar “asentamientos informales”.
Puede que nuestra identidad de postal figure un rural gallego de cruceiros, riachuelos y casitas rústico-románticas, pero nuestro paisaje real está atestado también de medianeras, ruinas e infraestructuras muertas, de periferias desordenadas, industrias fuera de su ámbito previsto, edificios feos, urbanizaciones delirantes, apropiaciones indebidas del suelo, contrasentidos de todo tipo, que ilustran el inquieto dinamismo territorial propio de una sociedad, la rural, que no cabe en las estrechas hechuras de un paisaje purasangre. Lo pobre, lo feo, lo mutante y lo bastardo quizás no hayan de ser fenómenos demonizados por los gestores del territorio, sino potenciales temas de proyecto a incorporar en la puesta en marcha del rural teniendo en cuenta su pluralidad de matices, y no plegándose  acríticamente a las expectativas estéticas del turista, que funciona como el imponedor por excelencia de los valores de la globalización sobre los territorios locales mediante el recurso a una concepción normativa, universal, dogmática de la “belleza” impuesta por la ideología hegemónica, decididamente urbana.
Las condiciones en las que queramos transformar nuestro territorio en “Paisaje” implican por tanto problemáticas que trascienden en mucho el mero aseado y vestido de largo de la apariencia estética del medio rural: el paisajismo ha de ser un instrumento suficientemente sofisticado como para respetar las singularidades y dinámicas específicas de lo local, incluso a costa de sacrificar la homogeneidad sedante de ese rural gallego de postal bucólico-pastoril, que desde las instituciones y la industria del turismo pretenden uniformizar nuestro uso del territorio a los cánones de fotogenia impuestos desde la aldea global. El desafío pasa entre otras cosas por saber poner en valor las potencias y contradicciones que esconde nuestro abigarrado territorio, e inventar los criterios que nos permitan figurar nuevas expresiones de “Belleza” que no estén reñidas con lo heterodoxo. Belleza bastarda, impura y lejos de equilibrio estático, propia de un paisaje vivaz e hiperactivo que, contraviniendo la voluntad homogeneizadora del sector turismo y el ciudadano voyeur, nunca tuvo vocación de purasangre, ni fue pensado para seducir a través de su representación en una pantalla.


De todo lo expuesto podría deducirse una cierta condescendencia hacia la fractura, dejadez y desorden de nuestro paisaje, o tolerancia paternalista con sus ejemplos de torpeza y fealdad. Sin embargo el objetivo era más bien aclarar que la cuestión no es tanto negar la cuestión estética como fundamental a un territorio, como determinar los criterios de “belleza” o iconicidad de los que nos servimos para figurarlo. A nivel paisajístico, el concepto de lo rurbano implicaba una nebulosa difusa que supuestamente conjugaba territorialidades tanto de lo urbano como de lo rural, pero indirectamente remaba en la dirección de convertir todo en ciudad. Del extremo en habitar una cabaña aislada en el campo a hacerlo en una megalópolis de varios millones de habitantes, media un gradiente continuo de modos y fomas de urbanidad y ruralidad de tantos matices que las taxonomías son irrelevantes. Llegado el caso, lo rural no es más que el territorio resultante de la expansión de la forma de vida urbana sobre espacios antiguamente agrarios, cuyas especificidades son ya triviales, circunstanciales o simuladas. Y en ese sentido, subsumiendo el antiguo suelo agrícola a los intereses de ocio y descanso del habitante de la ciudad, la paisajización es equivalente a la gentrificación en el centro de las ciudades: en ambos casos se trata de imponer un orden artificioso de reproducción social por el que los habitantes de un territorio son obligados a desplazarse o replegarse según condiciones impuestas verticalmente y desde fuera.
El nacimiento del turismo en el siglo XIX fue paralelo a la difusión del concepto británico del Pintoresco, de matriz romántica: el pintoresquismo fue un movimiento estético que promovía el placer del encuentro con paisajes insólitos y extravagantes, casi siempre por su disparidad con el hábitat habitual del turista (bien por haber sido producidos por culturas completamente diferentes a la suya, bien por condiciones geográficas inusitadas) y cimentado en una mística de lo salvaje, lo arcaico y lo sublime que medía la Belleza como efecto de sorpresa y asombro sobre el ojo que contempla. En un principio la categoría de lo pintoresco se aplicaba únicamente a panorámicas rústico-románticas con reminiscencias de civilizaciones desaparecidas o grandes accidentes naturales, o en general cualquier experiencia inusual que retrotraiga al imaginario del espectador a un espaciotiempo extemporáneo, al margen de la contemporaneidad mundana y urbana: desde sus inicios por tanto el concepto de “lo rural” figurado por los urbanitas ha considerado que lo que no es ciudad está de alguna manera fuera del tiempo, inmune al ciclo de la historia urbana, y por tanto ofreciendo la tranquilidad de un refugio donde el reloj siga una cronometría más natural, menos alienante: se ha buscado en el campo, ante todo, la afasia de abandonarse a un ritmo temporal casi telúrico. A partir de ese hecho diferencial, las formas estéticas que podía adoptar lo pintoresco eran variadas: escenas que recuperaban el imaginario de los pioneros conquistadores, parajes sublimes, ruinas sobrecogedoras, aldeas de sociedades extintas…
Quizás no debamos renegar de una pintoresquización del paisaje gallego real en el imaginario del voyeur-global, pues nuestro territorio cuenta con una cualidad que cada vez escasea más en el uniformado mercado internacional de destinos turísticos: el exotismo. La estrambótica y aparentemente azarosa formalización de nuestras localidades y su proliferación de fracturas, desconexiones, saltos de raccord, encabalgamientos, superposiciones, fricciones, ruinas e inesperados brotes verdes encierra la potencia de un canon estético propio y por descubrir, por inventar. Los que vivimos en el rural, en los que quizás sean los pueblos más feos de Europa, intuimos el espectro de un modelo de Belleza latente capaz de sacar brillo y poner en valor lo que ahora nos parecen aberraciones: hay una extraña poética de lo bastardo y lo mutante por aflorar, y los primeros en cincelarla han de ser los artistas, los poetas, los arquitectos, los fabuladores: todos los encargados de producir figuración y sentido. Si la gestión de un hábitat armónico requiere para la creación de un “Modelo territorial” que sirva como horizonte operativo capaz de aglutinar las diferentes energías hasta que converjan en un proyecto común, una de las condiciones esenciales de tal modelo ha de ser su sintaxis estética: ésta ha de ser grácil para la vista, pero también respetuosa con la formas de vida que ha de representar figurativamente, sin coartarlas ni ahormarlas. Y en el caso gallego, insisto, el modelo bucólico pastoril de una Disneylandia de auga e pedra dista mucho de resolver las fuerzas sociales de un rural más poliédrico y libertino de lo que esperan los domingueros de Madrid. En Galicia, ahora y siempre, está todo por hacer. Hay infinitas potencias por actualizar, y mil dinámicas por tramitar. Quizás ese permanente estado de latencia sea la característica esencial de su paisaje, construido históricamente bajo el lema “ti vai facendo”. Es un Shrek que nunca culmina su conversión en Príncipe azul, pero sigue esperando nuevas oportunidades para hacerlo pese a que quizás sea una voluntad innecesaria.  

9 comentarios:

  1. grande oberver!
    lo enlazo en el blog que empezamos a AACC Valadares sobre lo rururbano-difuso-transgénico...
    te dejo unos enlaces a dos imágenes que encontré en una presentación de Claudio Acioly precisamente sobre asentamientos informales, dos fotos de la periferia de Tirana-Albania que son lo más parecido a Galicia que he visto nunca y que este experto de la ONU en temas de Hábitat incluye en sus estudios como forma de slum...
    https://dl.dropboxusercontent.com/u/22049820/_albania1.jpg
    https://dl.dropboxusercontent.com/u/22049820/_albania2.jpg
    estas y otras sobre las periferias de El Cairo (donde la extrusión del parcelario rural a la gallega ha producido paisajes increíbles) la incluimos en la presentación de Sarria del año pasado... a ver si la acabamos pronto y la compartimos...
    abrazo! (como no vengas pronto, nos vamos a ver obligados a montar algo para invitarte a lacoru...) iago

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    1. Gracias por la info!!! muy interesante, investigaré a fondo. A ver si voy pronto a la Coru, y a ver si os animáis también a veniros por aquí que como digo siempre hay mucha tela que cortar y mucha energía latente que hay que poner en movimiento... abrazacos!

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  2. Perdón por colarnos en los comentarios, pero no encontramos otro modo de contactar, ya que estamos baneados en el sitio web de las Indias.

    ¿Por qué esa inquina contra los modennos? preguntas: http://lasindias.com/por-que-las-gafas-de-pasta-no-aportan-al-pib#comment-23650

    Por esto: http://indianowatch.wordpress.com/2013/11/26/making-of/

    Un saludo. Ah, y no te sorprendas si te encuentras con que dejas de poder comentar en las Indias por haber sido crítico. Es lo normal.

    IndianoWatch

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  3. Hola eminencia cartabónica: eminencia carpetovetónica al aparato.
    Te dejo un mix de Radio Soulwax muy jugoso de Newbeat oscuro en formato video, por si te interesa.
    En los comments está el tracklist quasi completo, ya que todo marimoderno siempre tiene un track de newbeat en la RAM que ni puta idea de quién es:

    http://vimeo.com/26149028

    Estoy muy dark y EBM, así que este año no hago la lista.

    Abrazos espartanos.

    V.

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  4. Sobre Beyonce y los Illuminati:

    http://www.youtube.com/watch?v=W0urKpeuGIY

    V.

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  5. Hacia tiempo que no te leia pero que grande. Que añoranza de nuestras lasrgas conversaciones y que ganas de iniciar otras.
    En un curso sobre paisajismo en la Ribeira Sacra los lugareños se quejaban de eso mismo "los turistas vienen a mirar pero no meten las manos en la tierra", les molestaba su presencia por su falta de compromiso real con el paisaje.
    Lo dicho, grande, muy grande. Gran texto Observer.
    Un abrazo.

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  6. Quizá exista una gran contradicción aquí: pretender determinar los criterios de esta belleza "insólita", es decir, normalizar este tipo de actuaciones, es incompatible con su naturaleza "informal" y fragmentada, al margen del estado y sus normas. Los arquitectos tenemos siempre esa obligación, o esa necesidad de racionalizar, supongo que para después ordenar. Lo informal responde a una gestión informal o anormal, y nunca el urbanista podrá racionalizar y normalizar, institucionalizar este tipo de crecimientos. Por otro lado, en vías de extinción, si se completa el proceso de biopolitización y control total de la vida. Quizá la clave está en indagar sobre los instrumentos que manejamos, cuestionar al efectividad de los planes urbanísticos, leyes del suelo, leyes de costas, esas herramientas primitivas que todo lo abarcan, grandes creadores de monstruos y fealdades, al servicio de la especulación, eso si, muy ordenadita ella. El ciudadano ha perdido cualquier papel activo en la creacción de paisaje, todo está definido, la normativa abarca todo. Como bien intuyes se trata de una cuestión socio-política. Y estoy más de acuerdo contigo cuando hablas del papel protagonista del arte para asimilar estas "bellezas". De lejos, no hay gran diferencia entre las favelas y los rascacielos, ni en racionalidad, ni en belleza. Estas favelas, por cierto, han entrado ya en el universo del turismo y se organizan visitas guiadas.

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  7. Como siempre, me interesa mucho lo que escribes. Sobre este tema, me gustaría con tu permiso añadir unas cuantas líneas más:

    Cierto es que arquitectos, políticos, administración, e instituciones se preocupan enormemente de repetir identidades, preservarlas, desarrollar identidades propias que se separen de las demás en un afán autodeterminativo. El caso es que sin duda, ha sido y sigue siendo un tema subyacente en los diferentes discursos. Evidentemente el debate nunca son las identidades múltiples sino el diseño consensuado de la identidad apropiada. Por un lado los dircursos académicos más preocupados de la construcción y crecimiento de su discurso convenido desarrollan identidades paradógicamente reconocibles incluso por aquellos que desconocen completamente el contenido de sus sesudas discusiones. Algunos de estos iluminados, bien abducidos por la belleza de la arquitectura vernácula o bien por su necesidad de expiar sus pecados despóticos, ponen a disposición del poder político su sabiduría y capacitación, tipografiando las leyes que ordenan el espacio público y privado, estableciendo en el entorno rural, un modelo identitario impostado adecuado para que lo novedoso resuene a lo vernáculo resultando una especie de parque temático rural, enturbiando la percepción de aquellas construcciones que tanto dicen que les preocupa proteger. Con este enfoque, se dan situaciones tan delirantes que en un entorno construído en su mayor proporción con materiales estandarizados como ladrillos, fibrocemento, bloques de hormigón, azulejos, teselas, aluminio, etc, se prohibe la visibilización de los mismos, en favor de simulaciones de cartón piedra que se desvinculan del sistema de producción de la arquitectura que es hasta ahora propio del rural. Todos estos han contado y puesto a su servicio una campaña mediática sin precedentes en Galicia como fue la del feísmo. Está todavía por escribir la crónica de toda aquella orquestación que trascendió a prácticamente toda la población incrustando una posición colectiva en cada uno de los individuos. Todos estos soñadores ideólogos se polarizan en aquellos románticos burgueses no tan interesados por la visión identitaria sino por la de “paisaje” y estos otros románticos de la identidad que tratan en su día a día de hacer el imposible de inventar su propia mitología y tratar de encarnarla a la vez. Estos dos frentes encuentran un espacio común y de acuerdo para llevar a la práctica sus objetivos ahogando con su articulado el derecho de todos los del rural a seguir construyendo el medio en donde viven.

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  8. Donde escribí "paradógicamente", sustituir por "paradójicamente".

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