miércoles, 18 de septiembre de 2013

Eppur si muove


RUAIRI GLYNN Y EL ALMA DE LOS OBJETOS



Todo sistema epistemológico, en su reparto específico de lo perceptible, comienza en la ecualización y puesta en valor de ciertos fenómenos frente a otros, y por tanto propicia implícitamente un determinado orden de dignidades para los objetos que resultan de su taxonomía: el gesto mismo de individualizar (y subsecuentemente, nombrar) es una diligencia discriminatoria sobre la que se funda tácitamente el apercibimiento político que podamos hacernos de nuestro entorno y sus potenciales modos de concreción.

Esta reflexión, alumbrada en su día en las catacumbas de la filosofía sesentayochesca, ha terminado por filtrarse por ósmosis al dogma oficialista de la Academia, que en los últimos quince años se ha rendido casi unánimemente a la preeminencia ética de lo procesual sobre lo objetual, dando así por válida la obsolescencia e infamia de las vetustas ciencias de lo identificable. La irresistible contemporaneidad que exudan los discursos de lo mutable suponen sin embargo un quebradero de cabeza para los ideólogos de un mundo como el de los paper architects, siempre hambrientos de lo nuevo y noticiable: si históricamente los condominios exclusivos de la arquitectura se circunscribían a la fijación del espacio como intersticio de un objeto (la estancia, el edificio, la ciudad)  el interés de una disciplina tan apegada al estatismo corre el riesgo de desfallecer en una era que parece pensable únicamente en los términos de metafísica cinética de Alfred Whitehead o Gilles Deleuze.
 La subversión del paradigma objetual en arquitectura no era sin embargo tan traumática como en principio pudiese parecer: bastaba con descentrar el disparo intelectual y poner la diana en el acontecimiento, como arraigo definitivo entre tiempo y sustancia, frente a la estólida imperturbabilidad de lo que un día concebimos en los términos kantianos del a priori espaciotemporal suspendido en la eternidad. Contraviniendo la intuición experimental que nos llevó durante tres mil años a considerar la arquitectura como un reino de cosas impasibles, golems inanimables, empezamos aún a tratarla como un milieu dinámico que sólo se realiza en la interacción, y por tanto en la fluctuación. Nada más aburrido en 2013 que inferir una criatura arquitectónica como función de su objetualidad: además de aparentemente anacrónico, dicho proyecto tiende a perder operatividad a medida que nuestro arsenal instrumental profundiza en lo algorítmico y lo gramático en demérito de lo idéntico y lo semántico.

Demasiado a menudo he insistido en las trampas que acarrea esta postulación tan temeraria y (fálsamente) inmediata de la equivalencia entre vida y movimiento, capaz de sintonizar en la misma longitud de onda a los defensores del capitalismo extremo y los activistas que entraron en la praxis política tras la lectura de “Vigilar y castigar”. El pragmatismo nihilista del patadón p`adelante y ya veremos ha hechizado unánimemente a los hijos del postfordismo, que caminan de la mano en la alfombra roja de la cultura del riesgo: tanto los tecnócratas dospuntocero del dinero gordo como los gurús de la arcadia procomún aceptan sin miramientos la táctica existencial de renegar el fulgor de los horizontes amplios, quizás por miedo a caer deslumbrados por su sublime impredictibilidad, conjugando con malabarismos el No Future y el Future is in the making.

No quiero ser hipócrita: por receloso que me afirme ante los abismos que debemos sortear si seguimos en la senda de Heráclito, también he caído fascinado por los lujuriosos sortilegios del devenir caótico y el adictivo juego de lo mutable, tanto como me aburren los estériles formalismos de la arquitectura de foto. Casi todo mi consumo de cultura arquitectónica enlaza de un modo u otro con la preponderancia del tiempo sobre el espacio, y pocas cosas me resultan menos sugerentes que mirar revistas con fotos de casas: todos los diseñadores que sigo proyectan ante todo acontecimientos, y sólo desde ahí llegan al objeto. Sin embargo, ello no me impide ser consciente de que esta nueva actitud estética no es tan fiera como la pintan: en el fondo, no estamos más que en el tránsito desde la narrativa arquitectónica expresada en fotografías, a la expresada en videos. La potencial recusación ontológica al paradigma contemporáneo no ha cambiado desde el renacimiento: seguimos secuestrados por la cultura de la representación. Lo que el deleuzianismo no supo aceptar en sus meditaciones estético-políticas es que las imágenes son (por motivos que se me escapan) sedicentes, placenteras, divertidas. Quizás por ello,  los cursos de la Architectural Association o la Bartlett School of Architecture irradian por todos los flancos la idea de que la arquitectura es esencialmente (como toda producción cultural) un divertimento. Entre otras cosas.

Tras la homilía, enlazo una interesante charla de Ruairi Glynn, uno de los más influyentes practicantes del arte tecno-cinético y de cierto renombre en el circuito arquitectónico gracias a sus clases en la Bartlett. En la conferencia ilustra cómo sus sofisticados robots e instalaciones interactivas surgen de una potente reflexión cognitiva: la construcción y apercibimiento de un “anima” en los objetos. De acuerdo a su lectura de William James, las cosas adquieren alma fundamentalmente en base a su capacidad de movimiento, instalándose así en la esfera intelectual de los vitalismos posthumanistas que amplifican al campo de los mecanismos la noción bergsoniana de Vida. Sus juguetonas piezas de acero y plástico, luz y sonido, fenómeno y vacío, ejemplifican estos planteamientos arquitectónicos de nuevo cuño que comprometen trasversalmente la escisión entre tecnología y biosfera, relación y sustancia, ser y percepción, en saltos sin red de ingeniería lúdica capaces de proporcionar chicha especulativa (y fabuladora) a los concienzudos sistemas epistemológicos de la process philosophy y el actor-red.

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