martes, 16 de abril de 2013

Joaquín Torres

EL ARQUITECTO , EN SOCIEDAD 




Mientras proliferan los intentos por refigurar la imagen del arquitecto como un profesional humilde, socialmente comprometido, ajeno a las modas y con los pies en la tierra, nuestro representante por excelencia en el Gran Circo mediático ofrece una estampa radicalmente opuesta a dichos valores. Icónico y pop, su arquetipo actualiza para el siglo XXI algunos prejuicios históricos sobre el divismo de los arquitectos, una profesión siempre connivente con las demandas del poder.

Tal y como se encuentra la profesión de la arquitectura (un turbulento río revuelto imbuido a todos los niveles en un incierto proceso de reformulación laboral), a más de un compañero le puede herir el tono casi caricaturesco que la celebrity Joaquín Torres ofrece en sus frecuentes y explosivas apariciones televisivas. La ascensión como estrella pop de un personaje como él es un fenómeno muy interesante para calibrar no solo cuáles son los prejuicios del ciudadano respecto a la esencia del arquitecto, sino también de la imagen que el gremio tiene de sí mismo, ahora que su anterior carisma intelectual parece más en entredicho que nunca. Puesto que aspiramos a diluirnos en la sociedad para renovar los galones de nuestra estirpe profesional a ojos de las mayorías silenciosas, seguramente no podamos quedar inmunes a sus formatos culturales menos lustrosos, y en ese sentido el caso Torres tal vez da cuenta de las expectativas y prejuicios de lo que el ciudadano medio concibe como “un arquitecto”.. Mientras la mayoría de nosotros husmeamos desesperadamente la más ínfima posibilidad de trabajo, el divo Torres se pasea por los platós haciendo gala de su exuberante frivolidad, flirteando astutamente entre el rol de aristócrata coqueto que cuida muy mucho sus maneras, y el de pícaro de alta cuna que se mueve como pez en el agua en los mentideros de la telecomunicación: sabe dar algún titular jugoso de vez en cuando, sin renunciar a su porte de old money que nunca se excede en la indiscreción, y manteniendo las composturas protocolarias de cada uno de los formatos que le dan cancha. Es, en cualquier caso y oficialmente, “el arquitecto de los famosos”, y sin duda el único proyectista conocido por la vulgata que sirve de audiencia del tipo de medios por los que transita.




El arquitecto medio acostumbra a tener interiorizada una concepción mayestática y solemne de su profesión, con la honorabilidad que le concede su secular veteranía y prioridad entre las Bellas Artes, y la grave responsabilidad de custodiar la gracia de nuestro hábitat, siendo probablemente la nuestra una de las carreras en las que el peso deontológico y moral es instruido con mayor insistencia. Técnico y humanista, ilustrado y cabal prohombre del renacimiento en versión 2.0, al arquitecto de a pie le ofende con razón la tebeística y falsamente glamourosa imagen que Torres ofrece de este oficio, que tantos se esfuerzan penosamente por resituar en su esencia primigenia de práctica socialmente comprometida, y que asisten como asombro a cómo todos sus esfuerzos son echados por tierra con la mera aparición de nuestro divo durante unos minutos en los lodazales más zafios de la telebasura. Hasta cierto punto y aunque no suela reconocerse a viva voz, el caso Torres es a menudo considerado entre los compañeros como Alta Traición a la Causa, minusvalorando y reduciendo al absurdo el nulo prestigio intelectual que le pudiese quedar a un oficio tan en horas bajas como este. ¿Por qué no es más famoso, pongamos, Siza?





Sin embargo, es probable que Torres sea el pionero de un nuevo arquetipo profesional al que habrá que irse acostumbrando para los años venideros: el del arquitecto popstar, evolución natural y probablemente inevitable del “starchitect” a la Koolhaas, penúltimo estadio de la genealogía de la idea de “arquitecto celebridad” y los matices que su entrelazamiento con dinero y poder han ofrecido a lo largo de la historia.



El meme de la “arquitectura social” no deja de ser un argumento tremendamente tramposo y cínico de hablar de esta profesión, esgrimido en muchas ocasiones como argumento desde el que poetizar intenciones completamente crematísticas. Por más que los colectivos marymodernos de gen metropolitano se esfuercen por demostrar lo contrario, la arquitectura ha sido durante milenios un asunto de ricos, los servicios del arquitecto eran onerosos hasta el punto de que sólo las élites podían disfrutarlos, y ello es un dato profundamente incrustado en el imaginario colectivo. Enésima leyenda  de la doctrina de la modernidad canónica, la figura del “arquitecto benefactor” que concentra sus esfuerzos en la mejora de la habitación de los más desfavorecidos no es más que la construcción de una épica  impostada sobre una práctica tan irremediablemente connivente con los poderosos como ha sido siempre la arquitectura. Y en ese sentido, Torres ejemplifica magistralmente las componendas de la ideología popular al respecto de nuestra profesión: es un señor de familia bien que gana mucho dinero, vive rodeado de famosos y desarrolla su Arte en exclusividad para los bolsillos que puedan permitírselo.



Desde los tiempos de Ictinos y Calícrates, el arquitecto como profesional del proyecto ha trabajado fundamentalmente para las instituciones de gobierno (sea éste democrático o no, público o privado, estatal o imperial, religioso o secular…) no sólo en lo que respecta a la financiación de las obras, sino también a la legitimación del discurso de cada período: la Academia de la arquitectura ha ido siempre de la mano de las ideologías oficializadas en cada período, y la posición social del arquitecto (al menos, desde su especialización respecto al más ingenieril “maestro de obras”) siempre ha ido paralela a esa simbiosis con el poder. Bien el aristócrata de fiestas cortesanas y salones palaciegos, bien la alta burguesía urbana con un ojo en la bohemia y otro en la sucursal bancaria, el arquitecto ha tomado a las “clases populares” como objeto de su trabajo sólo muy recientemente, en una relación mediada siempre por el ministerio o secretaría estatal correspondiente. Ese “arquitecto social” es apenas más longevo que el estado del bienestar que sirvió de su trabajo para formalizar la desruralización del mundo, y sus longevas concupiscencia con el poder son denominador de origen ante la sabiduría popular: es más que probable que la casa en que habitaban vuestros abuelos no haya sido firmada por un proyectista, y previsiblemente no siquiera responda a ningún tipo de proyecto. A no ser que tus abuelos fuesen ricos, en cuyo caso es incluso posible que tuviese algún amigo arquitecto.




Aquellos polvos trajeron estos lodos, y la naturalidad con la que es difundido el arquetipo Joaquín Torres viene a confirmar los prejuicios (legítimos, por cuanto históricamente producidos) con los que es saludada una profesión que, no nos engañemos, nunca se ha mostrado especialmente avergonzada de su carisma luxury: sólo los Académicos más comprometidos hacían soltar las alarmas ante los peligros de sobresignificar los alardes de profesión rica y próspera, contraatacando con el arquetipo puritano e igualmente impostado del “intelectual” a la Fisac, Siza o Moneo (todos ellos, además, de nutrido patrimonio personal). La carencia obliga, y la pauperización de nuestro oficio hace que sólo recientemente se conciba al arquitecto como un currito que comparte comunidad de vecinos, viaja en clase turista e, incluso, se ve obligado a emigrar o servir copas como el común de los mortales. Un cambio de paradigma que gana en empatía y cercanía lo que pierde en glamour y exclusividad, respecto al cual la figura de Torres viene a ser una proyección espectral elaborada por el inconsciente colectivo del antiguo Arquitecto de nobleza que imperó durante tantas décadas, y que él sabe rentabilizar muy bien. Más o menos auto parodia y más o menos simulacro, su “personaje” es innegablemente telegénico,



Pero si algo hace interesante la figura de Torres es su ejemplaridad respecto a una de las que sin duda serán las características empresariales de esta profesión en reinvención forzosa: el marketing de “la firma. Probablemente él no diseña los proyectos más que en sus trazas generales (fenómeno generalizable incluso a proyectistas mucho más prestigiosos), y su rol dentro de su empresa es fundamentalmente representativo, comercial: el branding de A-Cero consiste en un 90% en las acciones de Joaquín Torres, y esta especificidad ya plenamente operativa en el oganigrama de un despacho arquitectónico será un fenómeno creciente a medida que se vaya instaurando el modelo empresarial de la profesión para los próximos años: o bien grandes despachos técnicos impersonales e “ingenieriles” para resolver infrastructuras y grandes instalaciones urbanas, o bien pequeños estudios “de firma” obligados a vender estilo para hacerse con el mercado “haute couture”. (Evidentemente habrá nichos intersticiales entre ambos polos, pero por ahora son enigmáticos, cuando no precarios). Alguien argumentará que hay arquitectos mucho más brillantes que Torres para hacerse con el nicho de mercado que ocupa, pero quien está dispuesto a abonar lo que cuestan sus servicios no paga por brillantez, sino por etiqueta, estilo, coolness, modernidad de aparente solvencia… En ese sentido su apuesta por la línea “low cost” de las casas prefabricadas es un hábil jugada empresarial para capitalizar su nombre y vender su aureola a gente que creía no tener acceso a ella, como aquellos que compran el Nº5 para irradiarse en la medida de sus posibilidades del brillo lujoso de Chanel.



Sea como fuere, el asunto Torres no deja de tener su comicidad, por lo hilarante del personaje en su fidelidad a los manierismos del Pijo de toda la vida, y por la curiosidad morbosa que inspiran sus evoluciones en un ecosistema mediático tan freak como el que últimamente le acoge. Sin la intimidante seriedad del Gran Artista épico habitual en los demás arquitectos de suplemento dominical, Torres es (reconozcámoslo) una destilación de octanaje óptimo de las esencias de muchos arquitectos que todos hemos conocido, pues ni Torres es el único en su especie ni probablemente tampoco el más excesivo: en su figura se condensan muchos tópicos de lo que (para bien o para mal) los arquitectos siempre han sido, y quizás incluso algo que muchos de nosotros, todavía, guardan en su interior. Con un poco de suerte, nos concederá el placer morboso en participar en alguna edición venidera de “La isla de los famosos” en el que tomarnos con saludable humor los clichés todavía asociados a una profesión que, decididamente y en todos los sentidos, ya no es lo que era.
 

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